Aunque parezca una paradoja, de México a Tierra del Fuego vuelve a escucharse un viejo reflejo colonial disfrazado de rivalidad futbolera. El antiargentinismo que hoy circula por buena parte de América Latina no siempre nace del fútbol, muchas veces surge de la incapacidad de reconocernos en un vecino que, con todas sus contradicciones, también forma parte de nuestra propia historia.
No se trata de defender gobiernos ni modelos económicos. Las políticas neoliberales de Javier Milei son profundamente cuestionables, y sus voceros mediáticos, dentro y fuera de la Argentina, poco ayudan a construir una mirada latinoamericana. Pero una cosa es criticar a un gobierno y a sus publicistas –como lo hizo el propio Messi con su dedicatoria tras el pase de su equipo a la final–, y otra muy distinta renegar de uno de los países que más han aportado a la identidad cultural, intelectual y deportiva de la región.
Como dicen los cientos de videos generados con IA en las redes, seamos honestos, sin Argentina, Sudamérica sería una región mucho más triste y considerablemente más pobre en términos simbólicos. Borges, Cortázar, el tango, el rock, el cine, el asado, el fútbol y una larga tradición de pensamiento crítico forman parte del patrimonio común del sur. Querer borrar todo eso por antipatías coyunturales revela una pobreza de mirada.
En un Mundial que ya mostró su costado colonial con Francia y sus ex colonias, con Estados Unidos como potencia anfitriona levantando muros contra el sur, la polémica por el cartel sobre las Islas Malvinas demuestra que esta final nunca fue solamente un partido de fútbol. Lo que realmente está en discusión no es una simple reivindicación territorial o un capricho nacionalista aislado tras un partido entre ingleses y sudamericanos, sino de quién tiene derecho a convertir el deporte en un acto político. Para entenderlo conviene volver a Jacques Rancière, como lo han hecho otros.
Por: Última Hora